domingo, 20 de marzo de 2011

Delante de una pecera.

Nunca me había parado tanto tiempo a mirar delante de una pecera. Pasaban los minutos y yo seguía mirando a través de ese cristal, mientras los peces me miraban, mientras subían y bajaban y se escondían y volvían a salir.
Me sentí como si fuera uno de ellos. Así me sentía yo, como un pez que era naranja, diferente a los demás. Intentaba escapar todo el rato, y te miraba con timidez. Se sentía extraño, sin saber donde refugiarse de la mirada de los demás, y de la ignorancia de todos a la vez. Nadie podía comprenderle. La monotonía le cansaba, pero no podía hacer nada por evitarlo, y poco a poco creía perder la cabeza. Desesperado nadaba de un lado a otro de la pecera como si le faltara tiempo, y después se ocultaba detrás de una roca, triste y sumiso. No había nada que hacer, y lo tendría que ir aceptando.
La ventaja que me llevaba ese pez, es que no se acordaría de nada a los pocos minutos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario