lunes, 21 de noviembre de 2011
Saltas a tu cama, y te quitas esas Converse empapadas, igual que tu pelo y toda tu ropa. Y cuando miras al final de tu cuarto, a oscuras, con apenas una tenue luz procediente de la luna que entra por la ventana, lo ves todo vacío, al contrario que tu cabeza en ese momento. Un silencio enternecedor, vacío y prudente, acompañado de las gotitas de lluvia que caen en la ventana, te retumba en los oídos. De repente se te viene a la cabeza esa imágen, de hace apenas unos minutos, gritándole hasta dejarte la voz, derramando lágrimas que podrían llenar mares y océanos. Qué duro es clavarle un cristal a alguien que sabes que nunca lo haría, y por quien estarías dispuesto a recorrer el mundo a pie .
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